Partiendo de “La Ramalla” en
dirección a Paradela, lo primero que te encuentras es la moral de la
costica. Este árbol ha crecido entre peñas que dificultaron su desarrollo natural y ha sobrevivido a las viejas heridas de hacha que, a modo de escalones, algunos tallaron en su tronco para alcanzar sus sabrosas moras.
Al avanzar un poco más, ya se empieza a intuir la ribera; pero antes, merece la pena acercarse a la caseta de los guardias. Desde allí, podrás contemplar en todo su esplendor la Peña Raposera, el cerro de los Castros y "la puente" que se cruzaba para ir a Paradela.
Una vez en la ribera, podrás beber agua en la Fuente del Cañico y refrescarte en el pozo de las Arquillinas, aquel al que íbamos a quitarnos la muña la víspera de Santiago.
Aguas arriba, encontrarás las ruinas de un molino y el pozo Garnacho, donde solo se bañan los más expertos debido a su peligrosidad.
Un poco más adelante encontrarás el Molino de Maragato (que aún funciona) cuya zuda merece ser observada; en invierno, impresiona la cantidad
de agua que es capaz de almacenar. Antaño, a este molino solo se accedía por el camino del Trampadal, con los burros cargados de costales.
Siguiendo ribera arriba por las Fragas, hallarás las ruinas de otro molino hasta llegar al valle de Valdemios donde el terreno vuelve a ser sencillo. A partir de aquí entrarás en tierras de Brandilanes, donde se conservan molinos en mejor estado. Entre ellos destaca, por su grandeza e historia, el Molino de los
Tejeros, al que la gente acudía no solo con los burros, sino también
con carros cargados de sacos.
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