Venía el tío Ñicas por el camino de los Pozos cuando, ¡cuál
fue su sorpresa!, descubrió que hacia él se dirigía una culebra persiguiendo a
un lagarto a toda velocidad.
Lejos de atender a las mudas peticiones de ayuda del reptil,
y con la rapidez de un rayo, Ñicas reaccionó girando sobre sus talones.
Emprendió la huida justo delante del lagarto, en una emocionante carrera de
igual a igual.
Sin embargo, su asombro fue aún mayor al observar que,
aunque él esprintaba tanto como sus delicadas piernas le permitían, el lagarto
y la culebra lo adelantaron con la misma facilidad con la que un Mercedes
sobrepasa a un Seiscientos.
Ante tal despliegue de velocidad, el hombre volvió a dar
media vuelta y corrió en dirección contraria durante un buen rato, dejándonos
con la duda de si, al final, la culebra logró dar caza al lagarto.
Mientras aguardaba, el conserje del juzgado se le acercó y
le comentó: —Ese Maragato y ese Sacristán, los del Castro, saben mucho de
justicia, ¿verdad?
El tío Fausto, con su característica parsimonia, le
respondió: —¡Qué va, hombre! Sabe mucho más Severino.
Extrañado, el conserje replicó: —¿Severino? Pues a ese no lo
he visto yo nunca por aquí.
—Por eso, hombre... ¡precisamente por eso! —sentenció
el tío Fausto.
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