A pocos kilómetros se halla el poblado del Salto de Castro con sus dos potentes centrales eléctricas, un lugar alzado sobre terrenos arrebatados a nuestros antepasados. Aquellos hombres se vieron obligados/as a cambiar su modo de vida de forma abrupta, pasando de cabreros a obreros al perder sus zonas de pastoreo. La lógica humanitaria dictaba que, una vez que esos terrenos dejaran de ser útiles para la nación, regresaran a nuestro pueblo; sin embargo, Iberduero prefirió el expolio antes que devolver la tierra a sus legítimos dueños.
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