La Ramalla fue la fuente donde bebí mis primeros sorbos de agua y disfruté chapoteando con alegría durante mi infancia. Su fondo negro y su agua barrosa aún permanecen en mi memoria recordándome que existen lugares eternos que, aunque desaparezcan físicamente, quedan grabados para siempre en el alma.
Lamentablemente, el caótico desarrollo de los años ochenta la sepultó bajo los escombros de las obras de abastecimiento para las casas del pueblo. Hoy, somos pocos los que recordamos el lugar exacto donde yace enterrada.
Esta página nace con el propósito de rescatarla del olvido y recuperar su esencia como aquel antiguo punto de encuentro.
Mi pueblo, Castro de Alcañices, se asienta allí donde el Duero deja de ser enteramente hispano para iniciar su andadura fronteriza con Portugal, camino al Atlántico.
Siente una profunda cercanía hacia Paradela, nuestro pueblo hermano al otro lado de “la raya”. Por fin han quedado atrás las décadas en las que vivíamos de espaldas; hoy, esa frontera ya no es un abismo, sino el puente que nos permite recuperar y celebrar nuestra historia compartida.
Su nombre original era Castro Ladrón, pero en la década de 1930 se cambió por considerarse poco afortunado. Hoy, algunos defendemos recuperar esa denominación para restaurar su identidad histórica, aunque popularmente todos lo llamen, simplemente “el Castro”.
Sus tierras siempre fueron poco agradecidas con el sudor derramado; su escasa fertilidad nos obligó a muchos a partir en busca de un futuro mejor. Sin embargo, sus paisajes poseen ese magnetismo único llamado recuerdo, que nos empuja a regresar una y otra vez.
Sus gentes son serias, amables y hospitalarias con el visitante. No obstante, entre ellos mantienen vivas viejas rencillas que solo se aparcan en los duelos y en la alegría de las juergas marcadas por las risas y el buen vino.
A pocos kilómetros se halla el poblado del Salto de Castro con sus dos potentes centrales eléctricas, un lugar alzado sobre terrenos arrebatados a nuestros antepasados. Aquellos hombres se vieron obligados/as a cambiar su modo de vida de forma abrupta, pasando de cabreros a obreros al perder sus zonas de pastoreo.
La lógica humanitaria dictaba que, una vez que esos terrenos dejaran de ser útiles para la nación, regresaran a nuestro pueblo; sin embargo, Iberduero prefirió el expolio antes que devolver la tierra a sus legítimos dueños. ¡Así son las cosas!.
Aunque forma parte del Ayuntamiento de Fonfría, su aspiración histórica ha sido alcanzar la autonomía municipal. Al ser el núcleo que más ingresos genera en el municipio, la gestión de esos recursos, especialmente en tiempos de escasez, se convirtió en un argumento legítimo para respaldar su reivindicación.
Merece la pena visitarlo, especialmente en el mes de julio, cuando los arroyos mantienen el verdor de los valles y las fuentes manan con generosidad, brindando un frescor muy agradable. Entre ellas destacan: la fuente Grande, la Fontanina, la fuente de la Rana, la fuente de las Morales y, por encima de todas, la Fuente Nueva (que, curiosamente, es la más antigua).
Todas ellas servían como punto de encuentro estival; lugares donde se entablaba conversación mientras con el jarro se llenaba el cántaro. Allí, con resignación, se comentaban las penurias de la era, mientras se alimentaba la ilusión por la inminente llegada de las fiestas patronales de Santiago y Santa Ana.
Entre esos rincones teñidos de magia se alzaba también La Ramalla, esa fuente hoy dormida a la que dedico estas líneas.
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